











El transporte detenido: crónica de los paros impuestos por pandillas en El Salvado
Las imágenes de esta galería documentan uno de los periodos más restrictivos para la vida cotidiana en El Salvador. Durante varios años, la población civil no solo enfrentó la violencia directa de las pandillas (mara), sino que quedó atrapada en un mecanismo de presión diseñado para doblegar al Estado: paros al transporte público y toques de queda impuestos por estructuras criminales que ejercían control territorial.
No eran advertencias simbólicas. Eran órdenes que se cumplían bajo amenaza de muerte.
Cuando se activaban, las ciudades se paralizaban.
2015: el año en que el transporte se detuvo por la mara












Entre el 27 y el 30 de julio de 2015 ocurrió el paro más severo registrado en esta serie fotográfica. La facción Revolucionarios del Barrio 18 ordenó la suspensión total del servicio de transporte urbano e interurbano.
El resultado fue inmediato: más de 142 rutas de buses y microbuses dejaron de circular, principalmente en el Área Metropolitana de San Salvador.
Durante esos cuatro días la rutina cambió de forma abrupta.
Las calles amanecieron sin buses. Miles de personas caminaron kilómetros para llegar a sus trabajos o regresar a casa. Otros esperaron transporte improvisado. Camiones militares y patrullas policiales trasladaron pasajeros como medida de emergencia.
Nueve motoristas fueron asesinados por intentar trabajar.
Las muertes tenían un propósito concreto: demostrar que el paro era obligatorio.
El objetivo del paro
La medida no era espontánea. Buscaba presionar al gobierno de Salvador Sánchez Cerén para abrir canales de negociación, similares a la tregua de 2012, y exigir beneficios penitenciarios para líderes encarcelados.
El transporte público se convirtió en el punto más vulnerable del sistema: detenerlo implicaba afectar empleo, comercio, educación y movilidad en cuestión de horas.
El mensaje era simple: si el Estado no cedía, el país se detenía.
El “toque de queda” cotidiano












Además de los paros nacionales, existió una forma de control menos visible pero constante: el toque de queda de facto.
No se publicaba en ningún decreto. Se transmitía por rumores, panfletos o mensajes de WhatsApp. Bastaba con que circulara la advertencia para que la colonia obedeciera.
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ADQUIRIR COPIA FIRMADALas reglas variaban por territorio, pero el patrón se repetía:
- Nadie en la calle después de las 6:00 o 7:00 p.m.
- Tiendas y mercados cerrados antes del anochecer.
- Luces exteriores apagadas.
- Vehículos entrando con ventanas abajo y luces frontales apagadas para ser identificados por los “postes”, vigilantes de la pandilla.
Al caer la tarde, las calles quedaban vacías.
La movilidad no dependía de la ley, sino del permiso de un grupo armado.
Antecedentes
El paro de 2015 no fue un hecho aislado.
En septiembre de 2010, las pandillas MS-13 y Barrio 18 paralizaron el transporte a nivel nacional como respuesta a la Ley de Proscripción de Pandillas. En ese contexto ocurrió el ataque al microbús en Mejicanos, donde pasajeros fueron quemados dentro de la unidad.
En agosto de 2011 se registró un paro parcial en el oriente del país, con amenazas concentradas en rutas hacia San Miguel y Usulután.
Cada episodio repetía la misma lógica: suspensión del servicio, amenazas directas y asesinatos selectivos para imponer obediencia.
Consecuencias legales
Tras el paro de julio de 2015, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia emitió una resolución histórica. En agosto de ese año declaró a las pandillas y a sus redes de financiamiento como grupos terroristas.
La sentencia estableció que sus acciones no constituían delincuencia común, sino ataques sistemáticos contra los derechos fundamentales de la población y mecanismos de coacción contra el Estado.
La calificación modificó el marco legal y endureció la persecución penal.
Registro de una época
Estas fotografías no buscan dramatizar los hechos. Funcionan como registro.
Documentan días en los que trabajar implicaba riesgo, caminar era la única opción y subir a un bus podía convertirse en una decisión peligrosa.
Son evidencia de un periodo en el que la movilidad —algo cotidiano— dependía del control territorial de las pandillas.
Esa fue la normalidad de esos años.
