Los veteranos de guerra de El Salvador, procedentes tanto del ejรฉrcito como de la guerrilla, constituyen uno de los sectores que mรกs ha tenido que batallar para asegurar su supervivencia tras el silencio de los fusiles en 1992. Tras la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec, la promesa de una vida digna parecรญa al alcance de la mano; sin embargo, para muchos, la verdadera guerra comenzรณ en las calles de la capital. La transiciรณn del campo de batalla al asfalto de San Salvador estuvo marcada por la urgencia de quienes entregaron su integridad fรญsica y mental a una causa que, en la paz, parecรญa haberlos olvidado.
Las primeras marchas de la posguerra fueron recibidas con una dureza inesperada. Las calles que rodean la antigua Casa Presidencial en San Jacinto se convirtieron en el escenario de una represiรณn violenta contra hombres que, a pesar de sus discapacidades, buscaban ser escuchados. Los gases lacrimรณgenos y la macana de una naciente Policรญa Nacional Civil se ensaรฑaron contra los lisiados, quienes intentaban desesperadamente entregar sus peticiones a un gobierno que aรบn no sabรญa cรณmo financiar la paz. Fue el primer choque amargo entre la esperanza del papel y la realidad del garrote.
Uno de los episodios mรกs oscuros ocurriรณ en la Avenida Olรญmpica, en la sede de la Asociaciรณn de Excombatientes y Lisiados de Guerra de El Salvador (AEGES). Aquella jornada terminรณ en tragedia con muertos y heridos de gravedad, vรญctimas de impactos de balas de goma disparadas a quemarropa. Las muletas y sillas de ruedas no sirvieron de escudo ante la falta de protocolos de derechos humanos de una policรญa que todavรญa no lograba despojarse de los vicios del conflicto. La sangre en la Avenida Olรญmpica sellรณ una deuda histรณrica que aรบn hoy, dรฉcadas despuรฉs, se siente latente.
A pesar de la violencia, la presiรณn social logrรณ victorias institucionales significativas, como la creaciรณn del Fondo de Protecciรณn de Lisiados y Discapacitados (FOPROLYD) y el Decreto Legislativo 416. Estos mecanismos buscaban garantizar pensiones, atenciรณn mรฉdica integral y programas de rehabilitaciรณn. Organizaciones como ALFAES se volvieron centinelas de estos derechos, vigilando que el suministro de prรณtesis y las ayudas tรฉcnicas no fueran una simple promesa de campaรฑa, sino una realidad palpable para quienes habรญan perdido extremidades en los campos minados.
Sin embargo, el camino hacia la reinserciรณn productiva fue un laberinto de burocracia. El Programa de Transferencia de Tierras (PTT), pilar de los Acuerdos de Paz, resultรณ lento e insuficiente. Muchos pasaron aรฑos viviendo en la precariedad mientras sus expedientes se empolvaban en oficinas gubernamentales. Esta exclusiรณn, sumada a la omisiรณn de los antiguos ยซpatrulleros de autodefensa civilยป de los beneficios oficiales, generรณ una nueva ola de marchas combativas. Hombres armados con machetes y una profunda desesperaciรณn ocuparon iglesias como la Catedral Metropolitana y la misma Asamblea Legislativa, exigiendo que no se les desechara como material de guerra usado.
Con el paso de los aรฑos, el panorama ha cambiado, pero el descontento persiste bajo nuevas siglas. Hoy, el Instituto Administrador de los Beneficios de los Veteranos y Excombatientes (INABVE) ha absorbido las funciones de los antiguos fondos. Aunque los pagos se realizan con una regularidad que no existรญa en los aรฑos noventa, la estructura administrativa se enfrenta a nuevos retos. El debate actual gira en torno a si la instituciรณn podrรก mantener la calidad de la atenciรณn al absorber nuevas responsabilidades hacia otros sectores vulnerables, sin diluir los recursos destinados a los protagonistas del conflicto.
El punto de mayor fricciรณn en la actualidad es el monto de las pensiones. A inicios de 2026, la pensiรณn estรกndar de $100 mensuales es vista por muchos como una cifra simbรณlica que se ha quedado rezagada frente al alto costo de la vida y la inflaciรณn. Las concentraciones recientes en la Plaza del Divino Salvador del Mundo exigen un aumento que permita cubrir la canasta bรกsica. Aunque se han logrado ajustes recientes del 12% para los lisiados de guerra, la sensaciรณn general es que el alivio econรณmico prometido hace mรกs de treinta aรฑos no alcanza para garantizar una vejez con la dignidad que merece su sacrificio.
En conclusiรณn, la historia de los veteranos de guerra en El Salvador es una crรณnica de resistencia continua. De la toma de iglesias en los noventa a las solicitudes presupuestarias de $185.6 millones ante la Asamblea Legislativa en 2026, el espรญritu de lucha no ha menguado. Aquella gloria que les prometieron al final de la guerra se ha transformado en una persistente exigencia por justicia social. Mientras existan deudas pendientes en salud, vivienda y pensiones dignas, las cรกmaras seguirรกn registrando sus rostros en las calles, recordรกndonos que la paz no es solo la ausencia de disparos, sino el cumplimiento de la palabra dada.









