El aire en el centro de San Salvador vibraba con una mezcla eléctrica de humo de cigarrillo, loción barata y el aroma dulzón de las palomitas de maíz recién estalladas.
Era un ritual de penumbra y celuloide; el eco de los pasos sobre el piso de terrazo y el murmullo de mil gargantas impacientes creaban una atmósfera de catedral pagana.
En el corazón de la capital, entrar a una sala no era solo ver una película, era sumergirse en un útero de oscuridad donde el tiempo se detenía bajo el haz de luz del proyector.










El Esplendor de las Salas Monumentales
Hubo un tiempo en que San Salvador contaba con medio centenar de santuarios dedicados al séptimo arte. Nombres con resonancia mitológica como el Apolo, el Fausto o el Universal competían con la majestuosidad del Libertad y la sobriedad del Darío.
Eran templos arquitectónicos con capacidad para albergar hasta mil almas, donde el público, desde el «bolo» que buscaba refugio hasta la familia más engalanada, compartía el mismo sueño proyectado.
De Tarzán a los Héroes de Barrio
En las décadas de los sesenta y setenta, el cine era el gran ecualizador social. Se recuerda el grito unísono de la «marabunta» humana emulando a Tarzán o el asombro ante la irrupción de elefantes en pantalla.
El Santo, el Enmascarado de Plata, se batía contra vampiros ante el júbilo de la platea, mientras que las «muchachas» de las películas de ficheras despertaban suspiros prohibidos en una audiencia que apenas descubría el erotismo en un par de besos robados.
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ADQUIRIR COPIA FIRMADAEl Tianguis de la Matiné y el Acecho en la Sombra










Las matinés dominicales transformaban los vestíbulos en auténticos tianguis de nostalgia. Niños y jóvenes intercambiaban paquines de Kalimán o Memín Pinguín y estampas de fútbol, en un preludio de camaradería antes de que la luz se apagara.
Sin embargo, el cine también tenía sus zonas grises y sus códigos de calle. Mientras muchos buscaban «ligar» o conseguir novia, otros debían sortear el asedio en los baños, donde jóvenes y adultos gais ofrecían servicios en la clandestinidad de los urinarios.
El estigma era tal que muchos preferían aguantar las ganas de orinar antes que arriesgarse al abucheo de la concurrencia, que interpretaba cualquier visita al baño como una búsqueda de sexo furtivo.
La Transición: De Hollywood al Olvido
Con la llegada de los setenta y ochenta, el gusto mutó. Desde la picaresca de Lando Buzzanca y el «¡Arroz!» de Mauricio Garcés, hasta la crudeza de El Padrino o la fantasía de Superman.
Esta es una pieza documental única, un registro que captura la metamorfosis de una sociedad que pasó de las rancheras de «La mochila azul» a la ciencia ficción de Volver al futuro.
Valor de Archivo: Esta crónica constituye un testimonio invaluable del patrimonio arquitectónico y social de la capital, un registro histórico recuperado de la lente de Francisco Campos para las futuras generaciones.










