Las fotos que conmocionaron al mundo tras los terremotos de enero y febrero de 2001 no solo documentaron la destrucción, sino también la solidaridad y el espíritu indomable de los salvadoreños. Un grupo de fotoperiodistas, entre ellos Raúl Otero, Francisco Campos, Sebastián Alejo y Paolo Luers, recorrió el país durante semanas, capturando en carretes de 35 mm el rostro de una nación herida pero unida.
¿Cómo nació la exposición «A Cielo Abierto»?
Entre viajes a zonas devastadas como Berlín, Cangrejera, La Libertad y San Julián, los fotógrafos editaron decenas de rollos para crear una exposición que no solo mostraba el desastre, sino que también recaudó fondos para reconstruir comunidades, como un pequeño pueblo en Usulután. La exposición se convirtió en un testimonio visual de la tragedia y un homenaje a la resistencia de los afectados.
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«Sin Raúl Otero, nunca hubiéramos terminado la exposición», escribió Paolo Luers años después.
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Otero, quien falleció en 2015 tras una batalla contra el cáncer, fue el motor detrás de este proyecto que trascendió fronteras. Las imágenes, publicadas en La Prensa Gráfica y otros medios, recordaron al mundo la vulnerabilidad de Centroamérica ante los fenómenos naturales y la importancia de la preparación y la memoria colectiva.
¿Qué legado dejó este trabajo fotoperiodístico?
Más que un archivo histórico, «A Cielo Abierto» fue un acto de amor por El Salvador. Las fotos no solo mostraron escombros y lágrimas, sino también manos que ayudaban, rostros que no perdían la esperanza y comunidades que se levantaban juntas. Hoy, 25 años después, estas imágenes siguen siendo un recordatorio de que la solidaridad puede surgir incluso en medio del caos.





















































