Etiqueta: fotoperiodismo

  • VIDEO. Rostro y rastros de la tregua entre pandillas 2012/2014

    VIDEO. Rostro y rastros de la tregua entre pandillas 2012/2014

    El aire en los pasillos de las cárceles salvadoreñas se espesó con un olor a sudor, tabaco y una tensa calma que nadie terminaba de creerse. Era 2012, y el silencio de las balas en las colonias populares no era paz, sino un susurro ensayado. En los penales, el eco de las botas de los mediadores resonaba contra los barrotes, mientras los líderes de las letras y los números —muchachos curtidos por la guerra de calles— aguardaban el cumplimiento de promesas hechas entre sombras y expedientes oficiales. La atmósfera, cargada de una extraña mezcla de cinismo y alivio, quedó sellada en el negativo de una época que cambió el país para siempre.

    El Espejismo en el Centro Penal

    El Salvador despertó en marzo de 2012 bajo un sol que iluminaba cifras imposibles: los homicidios caían de golpe. La lente de Francisco Campos capturó la entrada de figuras como el obispo Fabio Colindres y el exguerrillero Raúl Mijango a los recintos donde la ley se negociaba por debajo de la mesa. Detrás de la entrega de armas para las cámaras, se gestaba un traslado masivo desde la rigidez de «Zacatraz» hacia penales de mínima vigilancia. Ahí, entre paredes pintadas y miradas desafiantes, los «homeboys» recuperaron privilegios: fiestas, telefonía sin control y la libertad de gobernar sus territorios desde el encierro. Esta es una pieza documental única que revela cómo el Estado dobló las rodillas ante el crimen.

    Desplazamiento y el Horror de las Cifras Negras

    Mientras el gobierno de Mauricio Funes celebraba la «paz», el lente de este registro histórico recuperado se enfocaba en lo que las estadísticas intentaban ocultar. La tregua no detuvo el terror, solo lo hizo invisible. Las fotografías de excavaciones en cementerios clandestinos son el testimonio invaluable de una táctica macabra: las pandillas dejaron de tirar cadáveres en la vía pública para enterrarlos en fosas anónimas. El control social se mantuvo a punta de extorsión y desapariciones, convirtiendo la realidad salvadoreña en un campo minado de dolor silenciado.

    De Criminales a Sujetos Políticos

    El pacto no solo fue de seguridad, fue de poder. Los archivos visuales documentan el empoderamiento de las estructuras criminales como actores políticos. La tregua les dio la «llave» del territorio, obligando a partidos como el FMLN y ARENA a sentarse a negociar votos por vidas. Fue el inicio de una era donde el control de la comunidad se compraba en los penales. Este colapso, que culminó con condenas históricas para Funes y Munguía Payés, queda hoy como una advertencia impresa en papel fotográfico de colección.

    Valor de Archivo: Esta crónica visual es un fragmento esencial de la memoria colectiva salvadoreña, una obra de Francisco Campos que trasciende el tiempo para convertirse en un objeto de estudio y posesión para el coleccionista serio.

  • VIDEO. Billar La Dalia: 90 años de oro

    VIDEO. Billar La Dalia: 90 años de oro

    Introducción: El aroma del ayer

    El aire en la esquina de la Cuarta Avenida Norte y la Segunda Calle Oriente es denso, cargado de una mezcla nostálgica de tiza seca, café de talega y el eco sordo de las bolas de marfil chocando entre sí. Al cruzar el umbral del edificio construido en 1885, el bullicio del tráfico capitalino se disuelve para dar paso a una atmósfera de penumbra elegante, donde el tiempo parece haberse detenido en una carambola eterna. Aquí, el crujido de las gradas de caracol y el rítmico deslizar de los tacos sobre el paño verde narran la historia de un San Salvador que se resiste a morir.

    Crónica de un Casino de Lujo: Entre Estrellas y Coroneles

    Durante la década de los cincuenta, La Dalia no era solo un salón de juegos; era el epicentro de la sofisticación centroamericana. Mientras el Hotel Astoria alojaba a la realeza del cine de oro mexicano, personajes de la talla de Pedro Infante, Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía escapaban de sus habitaciones para buscar refugio en este casino de lujo. Entre el humo de los puros y el tintineo de los tragos, no era raro ver al Coronel Osorio, entonces Presidente de la República, compartiendo el espacio con figuras del humor nacional como el entrañable Aniceto Porsisoca o leyendas del fútbol como el «Tuco» Alfaro.

    La mística del juego y la «Chabacanada»

    Hoy, bajo la mirada eterna de cuadros clásicos donde perros y gatos se disputan una partida de cartas, el billar sobrevive como un refugio de democratización social. En sus mesas convergen curas, pastores, obreros y «bolos» redimidos que, por un par de dólares la hora, compran el derecho a la amistad. Aunque las leyendas urbanas susurran historias crudas de hombres que, en una noche de mala suerte, apostaron desde las escrituras de sus casas hasta a sus propias mujeres, el ambiente actual respira una cordialidad vibrante sazonada con la clásica «chabacanada» salvadoreña y esas frases de doble sentido que son el alma del lugar.

    Valor de Archivo

    Esta serie fotográfica representa una pieza documental única, capturada por el lente de Francisco Campos. Es un registro histórico recuperado que inmortaliza el espíritu de un inmueble que albergó tiendas exclusivas y el primer ascensor del país, sobreviviendo a los terremotos y al olvido. Poseer una de estas impresiones es resguardar un fragmento del ADN de la identidad nacional.

  • La ruta de las especias en el mercado central

    La ruta de las especias en el mercado central

    El aire en el Edificio 5 del Mercado Central de San Salvador es una amalgama densa y embriagadora. No es solo el bullicio de los carretilleros o el pregón constante; es el aroma punzante del clavo de olor mezclándose con la calidez de la canela y la tierra mojada del achiote. Bajo los techos altos de concreto, el polvo dorado del azafrán flota en los rayos de luz que atraviesan los pasillos, creando una atmósfera de bazar antiguo en el corazón de la capital salvadoreña. Aquí, el tiempo parece detenerse entre sacos rebosantes de granos que han cruzado océanos para terminar en el plato de un obrero o en la cena de una familia acomodada.

    El Legado de Marco Polo en el Corazón de San Salvador

    La historia que guardan estos puestos no comenzó en Centroamérica, sino hace milenios en los viajes de Marco Polo y la apertura de rutas por Asia, Irak y Egipto. Lo que hoy vemos en los locales de «Especias Soraya» es el eco de una búsqueda global que llevó a Colón a perderse en el mar. Este registro histórico recuperado por la lente de Francisco Campos nos recuerda que el Mercado Central es, en realidad, un puerto terrestre donde la India, China y las Islas Molucas convergen cada mañana.

    Tres Generaciones de Sabor y Supervivencia

    Para comerciantes como Ana Margarita Rodas, las especias no son solo mercancía; son una herencia de sangre. En el edificio 6, junto a sus padres y abuelos, custodian este testimonio invaluable de comercio tradicional. Aquí se vende por mayor y menor, abasteciendo desde la pequeña tienda de colonia hasta los grandes supermercados, manteniendo viva una cadena de suministro que viaja desde Ceilán hasta México o Panamá antes de aterrizar en las manos expertas de las muchachas y hombres que despachan tras el mostrador.

    El Arte del «Relajo» y la Alquimia Popular

    En el puesto “Divina Providencia”, Carlos Alberto Fabián opera como un alquimista moderno, mostrando los polvos para sopas y el pinol que alimentan el espíritu salvadoreño. Pero el verdadero rey del mercado es el «relajo»: esa mezcla cruda y perfecta de pimienta, azafrán, laurel, maní y pepitoria. Gerson Rafael Deras prepara las bolsas con una destreza que solo da el oficio diario, sabiendo que sin ese aderezo, la carne no tiene alma y la comida se descompone en el olvido. Esta es una pieza documental única que eleva el ingrediente cotidiano a la categoría de tesoro histórico.

  • Una foto millonaria de Francisco Campos, 1992

    Una foto millonaria de Francisco Campos, 1992

    El 16 de enero de 1992, el aire en el centro de San Salvador no solo arrastraba el polvo de las construcciones inconclusas, sino un suspiro colectivo contenido por doce años. Había un olor a sudor de pueblo, a pólvora vieja que se disipaba y a una euforia que solo conocen quienes han visto la muerte de cerca. En la Plaza Gerardo Barrios, entre el ruido de las consignas y el aleteo de las palomas, Francisco «Chico» Campos, un hombre que cambió un sueldo seguro por el hambre y la gloria del fotoperiodismo, buscaba el encuadre perfecto mientras el tiempo se le escurría entre los dedos.

    El Milagro del Cuarto Oscuro y el Error que fue Gloria

    La historia de esta «pieza documental única» comenzó con un desastre. Chico Campos, presionado por los cierres de edición de las agencias en Europa, cometió un error humano propio de la fatiga: en la penumbra del cuarto oscuro, metió sus negativos directamente al fijador sin revelarlos primero. Los rollos con la cobertura matutina se desintegraron. Con el cronómetro en contra y el corazón en la garganta, regresó a la plaza a las 11:00 AM para empezar de cero. Lo que parecía una tragedia profesional se convirtió en el preámbulo de un «testimonio invaluable».

    Francisco Campos y El Vuelo de las Palomas de Castilla

    Al volver a la plaza, se encontró con un acto ecuménico. Se subió a la tarima, cerca de unas muchachas vestidas de blanco que danzaban con canastos. Chico notó que su película iba por el cuadro 26. Decidió no cambiar el rollo y esperar el final de la danza. Cuando las mujeres levantaron las manos y las palomas —grises, de castilla, no blancas como reza el mito— emprendieron el vuelo, disparó sus últimos cuadros. Solo uno de ellos capturó el instante preciso. Esa imagen, un «registro histórico recuperado» del caos, se convirtió al día siguiente en la portada de The New York Times y Washington Post.

    La Metáfora de una Catedral en Escombros

    La fuerza de la imagen reside en su crudeza. Detrás de las mujeres, se erige el esqueleto de concreto de la Catedral Metropolitana, sin cúpulas ni adornos, reflejo fiel de un país quebrado que intentaba ponerse de pie. Entre la multitud se mezclaban los combatientes con sus uniformes verde olivo, «muchachas» de barrios humildes y «bolos» que celebraban que ya no habría más fuego cruzado. Aunque el fotógrafo nunca recibió un centavo por las miles de reproducciones políticas de su obra, su disparo inmortalizó el sentimiento de una nación.

    San Salvador, 1992. Dos mujeres liberan palomas frente a una Catedral en ruinas, marcando el fin de la guerra civil. Foto: Francisco Campos.
    San Salvador, 1992. Dos mujeres liberan palomas frente a una Catedral en ruinas, marcando el fin de la guerra civil. Foto: Francisco Campos.

    La historia de la fotografía se puede leer en los siguientes enlaces. 

  • «A cielo abierto», DOLOR y resiliencia, TERREMOTO de 2001

    «A cielo abierto», DOLOR y resiliencia, TERREMOTO de 2001

    Las fotos que conmocionaron al mundo tras los terremotos de enero y febrero de 2001 no solo documentaron la destrucción, sino también la solidaridad y el espíritu indomable de los salvadoreños. Un grupo de fotoperiodistas, entre ellos Raúl Otero, Francisco Campos, Sebastián Alejo y Paolo Luers, recorrió el país durante semanas, capturando en carretes de 35 mm el rostro de una nación herida pero unida.

    ¿Cómo nació la exposición «A Cielo Abierto»?

    Entre viajes a zonas devastadas como Berlín, Cangrejera, La Libertad y San Julián, los fotógrafos editaron decenas de rollos para crear una exposición que no solo mostraba el desastre, sino que también recaudó fondos para reconstruir comunidades, como un pequeño pueblo en Usulután. La exposición se convirtió en un testimonio visual de la tragedia y un homenaje a la resistencia de los afectados.

    Nota relacionada: UN TERREMOTO, LA PRUEBA DE FUEGO

    «Sin Raúl Otero, nunca hubiéramos terminado la exposición», escribió Paolo Luers años después.

    Otero, quien falleció en 2015 tras una batalla contra el cáncer, fue el motor detrás de este proyecto que trascendió fronteras. Las imágenes, publicadas en La Prensa Gráfica y otros medios, recordaron al mundo la vulnerabilidad de Centroamérica ante los fenómenos naturales y la importancia de la preparación y la memoria colectiva.

    ¿Qué legado dejó este trabajo fotoperiodístico?

    Más que un archivo histórico, «A Cielo Abierto» fue un acto de amor por El Salvador. Las fotos no solo mostraron escombros y lágrimas, sino también manos que ayudaban, rostros que no perdían la esperanza y comunidades que se levantaban juntas. Hoy, 25 años después, estas imágenes siguen siendo un recordatorio de que la solidaridad puede surgir incluso en medio del caos.

  • El misterio del «Cliente Arlington»: espionaje y fotoperiodismo en los 90

    El misterio del «Cliente Arlington»: espionaje y fotoperiodismo en los 90

    Nuestro cliente en Washington

    A finales de los años 80 y principios de los 90, mientras trabajaba para la Agence France-Presse (AFP) y a pedido de la misma, envié fotografías de servicio especial a color para un cliente que los editores en Washington solo denominaban como el «Cliente Arlington». Junto a Yuri Cortez, que en aquellos años trabajaba como mi colaborador, siempre nos preguntamos qué periódico era el que compraba aquel servicio. A finales de 1993 o 1994, un editor de la AFP destinado en la central de Washington nos contó: «Cliente Arlington» es el Departamento de Estado.

    Durante mucho tiempo me pregunté qué estaba haciendo el Departamento de Estado con mis fotos, que en su mayoría eran imágenes de guerrilleros en las montañas de Chalatenango y Morazán. Con el tiempo, llegué a la conclusión de que aquellas imágenes fueron utilizadas por los equipos de inteligencia de Estados Unidos en colaboración con los salvadoreños para vigilar de alguna manera a la guerrilla. También tenía la teoría de que, en aquellos años, las agencias ya contaban con tecnología para hacer reconocimiento facial y equipos para detectar las ubicaciones guerrilleras, como lo hace hoy un GPS, detectando así su posición exacta.

    Dejé de pensar en toda esta situación cuando me retiré de la AFP en 1995. Nunca supe si la agencia tuvo un contrato para vender su servicio periodístico a los equipos de inteligencia de un Estado, algo que atentaría contra la integridad de sus fotoperiodistas en todo el mundo. Durante nueve años trabajé para la AFP y, quizá, los últimos tres también para el «Cliente Arlington». Al final, pienso que me utilizaron en una tarea que no era fotoperiodismo.

    Muchos años después, supe que el fotoperiodista norteamericano Jeremy Bigwood, quien cubrió la guerra en El Salvador, había escrito un reportaje especial titulado «¿El espía accidental?». Este «gringo» amable y amistoso es un reportero de investigación y fotógrafo independiente. En su reportaje, él les explicará mejor cómo funcionó aquella «operación». Yo leo mucha literatura sobre espías y podría estar inventando, ya a mi edad confundo la ficción con la realidad.

    Francisco Campos

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  • La Casa Rosada: santuario del pecado en El Salvador

    La Casa Rosada: santuario del pecado en El Salvador

    En el corazón de la capital, donde el humo de los buses se mezcla con el aroma a orines y pupusas, se alzaba un refugio de paredes color pastel que desafiaba la moral de la época. Al cruzar el umbral de «La Casa Rosada«, el estruendo de la calle se transformaba en un murmullo de rocolas y risas roncas.

    El aire, denso y cargado de un perfume barato que intentaba ocultar el olor a sudor y cerveza derramada, envolvía a los parroquianos en una atmósfera de clandestinidad aceptada. Allí, bajo la luz mortecina, el tiempo se detenía entre el tintineo de las botellas y el roce de las faldas de encaje.

    Ubicada sobre la 4a. avenida norte del barrio San Miguelito, en una estructura de principios del siglo XX, La Casa Rosada fue una testigo silenciosa que resistió al tiempo y los cambios, hasta finalmente desaparecer durante la pandemia por COVID-19, hace seis años aproximadamente.

    El imperio de la «Madre» y sus muchachas

    Este rincón emblemático no era un burdel cualquiera; era una institución regida con puño de hierro y corazón de madre por su propietaria. Con su inconfundible estampa de campesina, luciendo siempre un delantal de encajes impecable, la «doña» mantenía a raya a los bolos más impertinentes con una autoridad casi militar. En un entorno donde la violencia acechaba en cada esquina del centro, ella lograba que la paz reinara entre sus paredes, protegiendo a las muchachas de los excesos de una clientela variopinta que buscaba consuelo en sus brazos.

    La Casa Rosada: El destino de las flores de asfalto

    Con el paso de las décadas, el esplendor marchito de La Casa Rosada fue cediendo ante el olvido. Aquellas mujeres, que en su juventud fueron el alma del lugar, tomaron rumbos tan crudos como la vida misma. Algunas, ya viejas y mustias, terminaron vendiendo sus caricias en las plazas públicas o en otros burdeles barriobajeros del centro. Otras, con un golpe de suerte o voluntad de acero, se «acompañaron» para buscar un trabajo «decente» o emprendieron el incierto viaje hacia los Estados Unidos, huyendo de una realidad que solo el lente de Francisco Campos ha sabido dignificar.

    Esta serie fotográfica no es solo un conjunto de imágenes; es una pieza documental única que rescata la humanidad detrás del estigma. Cada toma de Campos es un testimonio invaluable de una subcultura que la historia oficial prefiere ignorar, convirtiéndose en un registro histórico recuperado para el coleccionista que entiende que el arte también habita en la periferia de lo prohibido. Poseer una de estas copias firmadas es conservar un fragmento de la memoria íntima y descarnada de El Salvador.

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error: Gracias por respetar el arte de Francisco Campos