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En el corazón de la capital, donde el humo de los buses se mezcla con el aroma a orines y pupusas, se alzaba un refugio de paredes color pastel que desafiaba la moral de la época. Al cruzar el umbral de «La Casa Rosada«, el estruendo de la calle se transformaba en un murmullo de rocolas y risas roncas.

El aire, denso y cargado de un perfume barato que intentaba ocultar el olor a sudor y cerveza derramada, envolvía a los parroquianos en una atmósfera de clandestinidad aceptada. Allí, bajo la luz mortecina, el tiempo se detenía entre el tintineo de las botellas y el roce de las faldas de encaje.

Ubicada sobre la 4a. avenida norte del barrio San Miguelito, en una estructura de principios del siglo XX, La Casa Rosada fue una testigo silenciosa que resistió al tiempo y los cambios, hasta finalmente desaparecer durante la pandemia por COVID-19, hace seis años aproximadamente.

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El imperio de la «Madre» y sus muchachas

Este rincón emblemático no era un burdel cualquiera; era una institución regida con puño de hierro y corazón de madre por su propietaria. Con su inconfundible estampa de campesina, luciendo siempre un delantal de encajes impecable, la «doña» mantenía a raya a los bolos más impertinentes con una autoridad casi militar. En un entorno donde la violencia acechaba en cada esquina del centro, ella lograba que la paz reinara entre sus paredes, protegiendo a las muchachas de los excesos de una clientela variopinta que buscaba consuelo en sus brazos.

La Casa Rosada: El destino de las flores de asfalto

Con el paso de las décadas, el esplendor marchito de La Casa Rosada fue cediendo ante el olvido. Aquellas mujeres, que en su juventud fueron el alma del lugar, tomaron rumbos tan crudos como la vida misma. Algunas, ya viejas y mustias, terminaron vendiendo sus caricias en las plazas públicas o en otros burdeles barriobajeros del centro. Otras, con un golpe de suerte o voluntad de acero, se «acompañaron» para buscar un trabajo «decente» o emprendieron el incierto viaje hacia los Estados Unidos, huyendo de una realidad que solo el lente de Francisco Campos ha sabido dignificar.

Esta serie fotográfica no es solo un conjunto de imágenes; es una pieza documental única que rescata la humanidad detrás del estigma. Cada toma de Campos es un testimonio invaluable de una subcultura que la historia oficial prefiere ignorar, convirtiéndose en un registro histórico recuperado para el coleccionista que entiende que el arte también habita en la periferia de lo prohibido. Poseer una de estas copias firmadas es conservar un fragmento de la memoria íntima y descarnada de El Salvador.

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