Un paseo sin fin entre el asfalto caliente y la sombra de los próceres.
El aire en el Centro Histórico de San Salvador huele a café de bolsa, a hollín de bus y a la humedad milenaria de las piedras de la Plaza Libertad. En medio del caos de las ventas y el bullicio de los predicadores, una mancha de pelo hirsuto y costillas marcadas se desplaza con la dignidad de un veterano de mil batallas. Es «El Viejo», el chucho que no tiene dueño porque el centro entero es su casa. No pide permiso para cruzar la calle; los buses frenan ante su paso pausado, reconociendo en su mirada triste la sabiduría de quien ha visto pasar la historia desde el suelo.
“Era callejero por derecho propio; su filosofía de la libertad”, este verso de la canción “Callejero” de Alberto Cortez quizá defina el comportamiento y forma de vida de El Viejo, como llaman varios vendedores a este perro color canela despintada que se pasea por el Centro Histórico de San Salvador como si fuera su casa.
El Ciclo de un Vagabundo Ilustre
Su vida es una coreografía de supervivencia: de la Libertad a la Barrios, pasando por la Morazán hasta el Parque San José. En su trayecto, «El Viejo» esquiva la muerte en cada llanta y se rebusca la vida entre bolsas de basura, compitiendo con otros de su especie sin perder nunca la compostura. A diferencia de las jaurías bravas, él es un alma pacífica; un habitante asiduo que, aunque raras veces pelea por una hembra en celo, jamás ha mostrado los colmillos a los humanos que pueblan su reino.
En 2016 se le veía vigoroso, un galán de calle que perseguía a las perras con brío. Hoy, la vejez le pesa en las patas y el cansancio le nubla los ojos. Nadie recuerda su origen, ni los vendedores de minutas ni los bolos que duermen en los portales; solo saben que un día llegó para quedarse y se convirtió en parte indivisible del paisaje capitalino.
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ADQUIRIR COPIA FIRMADAUn Testimonio Invaluable de la Vida Urbana
Esta serie fotográfica es un registro histórico recuperado que eleva la figura del perro callejero a la categoría de símbolo patrio. La lente de Francisco Campos logra capturar esa soledad acompañada que define al Centro. Es una pieza documental única que nos recuerda que la ciudad no solo pertenece a quienes la construyen, sino a quienes la caminan con las patas desnudas.
Adquirir una de estas copias de colección es rescatar un fragmento de la ternura cruda de El Salvador; es poseer un testimonio invaluable de un ser que, como dice el verso de Cortez, se bebió de golpe todas las estrellas antes de quedarse dormido para siempre en el corazón de la capital.
Por eso este texto termina con otro verso de la canción de Cortez:
“Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó
se bebió de golpe todas las estrellas
se quedó dormido y ya no despertó”.
