Entre los años 2010 y 2020, la dinámica criminal en El Salvador integró de forma directa a la niñez en el entorno de violencia. Los menores fueron testigos de escenas del crimen en espacios públicos y privados, presenciando asesinatos de familiares, vecinos y conocidos.

La frecuencia de estos hechos derivó en una normalización donde los padres, en diversos casos, permitían la presencia de sus hijos en perímetros de procesamiento de cadáveres, desconociendo el impacto clínico posterior.

Datos de UNICEF confirman que esta exposición generó cuadros severos de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), ansiedad y depresión. La estructura de las pandillas limitó la movilidad de miles de menores en barrios, cantones y colonias, bajo la amenaza constante de reclutamiento forzado o represalias directas.

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Ejes de afectación psicológica

El análisis de expertos en psicología forense y social identifica tres factores críticos que definen este periodo como un problema de salud pública transgeneracional:

  1. Trauma por Exposición Prolongada: La observación de operativos policiales y cadáveres en la vía pública mantuvo el sistema nervioso de los menores en un estado de hiperactivación. Esta condición de «supervivencia» constante inhibe el desarrollo de procesos de aprendizaje cognitivo.
  2. Desensibilización conductual: Documentaciones periodísticas y sociológicas registraron la incorporación de elementos de la guerra de pandillas en el juego infantil. Clínicamente, esto representa una alteración en el desarrollo moral, donde el uso de la fuerza se establece como el mecanismo principal de resolución de conflictos.
  3. Duelo congelado: La desaparición forzada de familiares impidió el cierre de procesos de duelo. La ausencia de restos físicos y la amenaza del entorno criminal instalaron un estado de desesperanza aprendida, donde el individuo pierde la percepción de control sobre su propia integridad y entorno.

El impacto de la orfandad y el entorno

Miles de niños quedaron en situación de orfandad debido al índice de homicidios y desapariciones. El entorno social estuvo dictado por el control territorial de estructuras criminales, lo que convirtió la etapa de desarrollo infantil en un proceso de supervivencia.

Este registro documental expone la omisión del Estado en su deber de protección primordial, permitiendo que la criminalidad definiera el paisaje cotidiano de la infancia salvadoreña durante una década.