





En San Salvador, cuando cae la noche, la ciudad cambia de piel. Las oficinas se vacían, los buses reducen su ruido y, en algunas avenidas del norte, comienzan a encenderse luces de neón con nombres que prometen discreción. No anuncian lujo ni glamour. Anuncian silencio. Puertas cerradas. Cortinas gruesas. Tiempo prestado.
Alguien bautizó el plan como “camperoso”: motel y después pollo frito, una broma popular que resume la economía sentimental de la capital. Un par de horas de intimidad y luego la cena barata. Amor exprés, pero amor al fin.
La ruta comienza cerca de la 11.ª avenida Norte, donde se levanta Motel El Oso. Desde afuera parece un estacionamiento más, un muro alto, una garita. Nada que llame la atención. Así debe ser. Aquí nadie viene a ser visto. Los carros entran de uno en uno, con los vidrios arriba, como si cruzaran una frontera secreta.
Un par de cuadras más allá está Motel La Mansión, su vecino y, según cuentan los trabajadores, su aliado. Cuando uno se llena, el otro recibe. La ciudad, al final, siempre encuentra dónde acomodar sus urgencias.
Dentro, la vida es otra.






A las siete de la noche, una camarera empuja un carrito con sábanas recién dobladas. Huele a cloro y detergente. “La clave es la higiene”, dice sin dejar de trabajar. Cambia fundas, rocía desinfectante, revisa el aire acondicionado. Nadie quiere rastros de nadie. Cada habitación debe parecer nueva, como si allí nunca hubiera pasado nada, aunque en esas paredes se acumulen miles de historias invisibles.
Porque los moteles son eso: archivos secretos de la ciudad.
Aquí llegan novios primerizos que se toman de la mano con torpeza, matrimonios que buscan escapar de la casa llena de hijos, amantes que miran el reloj con culpa, parejas que celebran aniversarios o reconciliaciones. También llegan los que no saben si mañana seguirán juntos y quieren exprimir la noche como si fuera la última.
Un vigilante cuenta que el 14 de febrero el flujo es incesante. “No damos abasto”, dice. Autos haciendo fila, risas nerviosas, muchachos con rosas escondidas en el asiento trasero. Afuera la ciudad habla de tráfico y política; adentro solo importa el latido.
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Las habitaciones son sencillas: cama matrimonial, televisor, baño, aire frío que corta el calor capitalino. En algunos cuartos hay sillones extraños, espejos estratégicos, detalles pensados para el juego. Nada lujoso, pero suficiente. Lo que se alquila no es el mobiliario: es la privacidad.
Seis horas cuestan menos que una cena para dos. La noche completa, apenas un poco más. El amor —o el deseo— tiene tarifa por tiempo, como un parqueo.
En la sala de espera hay pan y café gratis. A veces una pareja aguarda en silencio hasta que se desocupe un cuarto. No se miran mucho, pero sus rodillas se rozan. Ese pequeño contacto ya es una promesa.
Más lejos, la ruta sigue: Motel El Pedregal, Motel El Íntimo, Motel La Campana y otros nombres que los salvadoreños reconocen sin necesidad de mapas. Algunos más modestos, otros más exclusivos. Todos con la misma misión: ofrecer un paréntesis.






Porque en una ciudad apretada, donde muchas familias comparten techo y paredes delgadas, la intimidad es un lujo. Y estos lugares funcionan como pequeñas cápsulas de libertad. Durante unas horas, nadie es hijo, empleado o padre de familia. Solo dos cuerpos que se buscan.
Al amanecer, los portones se abren de nuevo. Los carros salen uno tras otro, discretos, como si regresaran de un turno nocturno cualquiera. La ciudad despierta sin notar nada.
Pero detrás de esos muros quedan las huellas invisibles: risas, reconciliaciones, despedidas, promesas que tal vez no se cumplan. Miles de historias mínimas que sostienen la vida cotidiana.
La ruta de los moteles no aparece en las guías turísticas. Sin embargo, es una de las más transitadas de San Salvador. Porque, al final, entre el ruido, el estrés y las cuentas por pagar, siempre hay parejas buscando lo mismo: un cuarto cerrado, seis horas y el derecho a quererse sin testigos.







