Aunque el COVID-19 impuso mascarillas, toques de queda, cercos sanitarios y la distancia de dos metros entre los cuerpos, no pudo imponer distancia entre los corazones. En El Salvador, como en tantos rincones del mundo, el miedo se volvió rutina: alcohol gel en los bolsillos, termómetros en las entradas de los mercados, sillas vacías en las iglesias. Pero ni los hospitales llenos ni las calles silenciosas lograron apagar esa terquedad antigua que mueve a la gente a buscarse las manos. El amor, al final, siguió siendo más contagioso.

La historia humana ya conoce este pulso entre enfermedad y afecto. Desde las tragedias románticas que escribió Alexandre Dumas hijo en La dama de las camelias, donde la tuberculosis separa a Margarita de Armando, hasta la idealizada Beatriz que inspiró a Dante Alighieri en Divina Comedia, las pestes han intentado interrumpir las historias de amor. A veces lo logran. A veces no. Y otras, como ocurrió aquí, solo las transforman.

Durante los meses más duros de la pandemia, San Salvador parecía una ciudad prestada. Las ventas cerradas, los buses a medio llenar, el eco de las sirenas atravesando la noche. Sin embargo, en medio de esa quietud forzada, aparecían pequeños actos de rebeldía afectiva.

En la colonia Zacamil, por ejemplo, Marta y Eliseo aprendieron a enamorarse otra vez desde la ventana. Él vivía en la casa de enfrente. Antes del virus, se encontraban en la tienda o en la parada del microbús. Después, cada quien quedó confinado con su familia. Entonces inventaron un ritual: a las siete de la noche, cuando el barrio se quedaba en silencio, él encendía la luz del corredor tres veces. Ella respondía agitando un pañuelo blanco desde el segundo piso. No podían abrazarse, pero hablaban por teléfono durante horas, como adolescentes, contándose lo mismo de siempre: qué habían comido, a quién le dio fiebre, qué soñaron anoche. “Si sobrevivimos a esto, nos casamos”, se prometieron. El virus los mantuvo separados seis meses; la promesa los mantuvo juntos.

En el centro histórico, don Roberto, de 68 años, vendía flores antes de la pandemia. Cuando cerraron el mercado, pensó que todo estaba perdido. “¿Quién va a comprar rosas si la gente tiene miedo de tocarse?”, decía. Pero el 14 de febrero volvió con un manojo pequeño. No vendió mucho, pero vio algo que no esperaba: parejas que se encontraban con mascarilla, se miraban como si acabaran de salir de un naufragio y, aun con el riesgo, se regalaban un abrazo largo, apretado, casi desesperado. “La gente no compra flores por adorno —me dijo—. Compra para decir ‘aquí sigo con vos’”.

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También estaban los amores que resistieron desde la distancia obligada: videollamadas torpes, cumpleaños cantados por altavoz, cartas deslizadas bajo las puertas. Un joven médico del Rosales dormía en el garaje de su casa para no contagiar a su esposa embarazada. Cada noche le dejaba notas escritas a mano: “Un día menos”. “Te extraño”. “Gracias por esperarme”. Cuando nació su hija, la vio primero por una pantalla. Lloró igual que si la tuviera en brazos. El amor, aprendió, también sabe viajar por cables y señales.

Había miedo, claro. Nadie puede romantizar la enfermedad ni el duelo. Muchas historias quedaron inconclusas. Pero incluso en los hospitales, detrás de las caretas plásticas, las enfermeras sostenían teléfonos para que los pacientes se despidieran o se declararan amor una última vez. En esos segundos temblorosos cabía toda una vida. El virus aislaba cuerpos; los sentimientos encontraban rendijas.

Quizá por eso, cuando las restricciones empezaron a relajarse, las plazas volvieron a llenarse con una prisa distinta. Como si la gente quisiera recuperar los besos aplazados, los aniversarios postergados, las manos que no pudo tocar. En los parques del Gran San Salvador, las parejas se sentaban muy juntas, demasiado juntas para cualquier manual sanitario. No era descuido: era necesidad. Después de haber sentido tan cerca la muerte, el cariño se volvió urgente.

Porque eso dejó claro la pandemia: que el amor no es un lujo ni una costumbre cursi, sino una forma de resistencia. Una defensa íntima contra el miedo. Una manera de decirle al mundo que seguimos aquí.

El COVID-19 cerró fronteras, vació avenidas y llenó hospitales. Pero no pudo clausurar los abrazos ni prohibir las promesas. En El Salvador, entre mascarillas y gel, el amor siguió respirando. Y, tercamente, siguió venciendo.