Si un grupo quedó relegado y sin asistencia durante la pandemia de COVID-19, fue, sin duda, el de las trabajadoras del sexo. Este sector, estigmatizado y rechazado por la sociedad en condiciones normales, sufrió en silencio los efectos de la cuarentena: el cierre total de sus fuentes de ingresos y la ausencia de ayuda estatal o de víveres que sí llegaron a otros sectores.

Durante el confinamiento, las «rejas» de la calle Castillo, la calle Celis y la 18.ª avenida norte —puntos neurálgicos del comercio sexual en San Salvador— permanecieron cerradas. Negocios populares como «La Casa Rosada», «El Calzoncito» o «Las Láminas Verdes» clausuraron sus puertas. Del mismo modo, exclusivas barras show como «Lips», «Luxor», «Pandora», «Tío Sam» y «Galaxy» cesaron operaciones, dejando a miles de mujeres sin sustento económico. Ante el miedo al contagio, muchas de quienes trabajan en las calles se recluyeron, y decenas de salas de belleza que ofrecen servicios sexuales también se autoclausuraron.

Una luz de solidaridad

En medio del vacío institucional, solo dos organizaciones alzaron la voz: la Asociación Liquidámbar y el Movimiento de Mujeres Orquídeas del Mar. «Somos mujeres valientes y solidarias; hemos gestionado ayuda para nuestras compañeras», afirmaba una vocera de Orquídeas del Mar. Esta organización logró entregar bolsas de alimentos a cerca de mil mujeres; sin embargo, la cifra es alarmante: en El Salvador se registran 44,972 trabajadoras del sexo, lo que significa que la ayuda apenas alcanzó a cubrir a un pequeño porcentaje.

¿Deseas adquirir una pieza de este archivo?

Compra una copia original en alta resolución, impresa en papel de museo y firmada por Francisco Campos.

ADQUIRIR COPIA FIRMADA

Entre el condón, la mascarilla y el estrés

Al finalizar la cuarentena obligatoria, el retorno fue amargo. «Alexia» (nombre de combate) relata que los clientes se sentían incómodos ante los protocolos de bioseguridad. Ella exigía el uso de condón y mascarilla, limitando los besos y las caricias tradicionales. «Muchos clientes estaban nerviosos o temerosos; el estrés les impedía llegar al ‘final feliz'», comenta.

El trabajo sexual representa, quizás, el mayor riesgo sanitario: mientras el mundo exigía distanciamiento, este oficio demanda un contacto cuerpo a cuerpo. «Da miedo», confiesa Alexia, «no sabes si estás con un asintomático, y para sacar el día hay que estar con cuatro o cinco hombres diferentes».

Derechos Humanos: Una deuda pendiente

Cada 10 de diciembre, las Naciones Unidas celebran el Día Internacional de los Derechos Humanos, enfatizando la erradicación de la discriminación y el impulso a la solidaridad. Mientras no se reconozcan plenamente los derechos de las trabajadoras del sexo y se les garantice protección en tiempos de crisis, el avance en materia de derechos humanos seguirá estando incompleto.