El aire en Mejicanos se espesa con el olor a cera derretida y el perfume dulzón de las flores de coyol. Entre el murmullo de los mercados y el bullicio de la periferia, se alza una voz que parece venir de otro tiempo. Es una atmósfera donde el humo de los cigarros de los bolos se mezcla con el fervor de las muchachas del mercado, creando un rito sensorial único. Allí, en el centro de ese universo místico, aparece la figura de Alfredo Omar Reyes, «La Xiomara», sosteniendo el rosario como quien empuña un estandarte de vida frente a la muerte.
La Xiomara: De Reina de Carrozas a Guardiana espiritual
Un milagro esculpido en el Divino Corazón
Xiomara no solo reza por los muertos; ella es un testimonio vivo, una pieza documental única de la supervivencia. Hace más de un cuarto de siglo, el cáncer intentó silenciar su voz, pero tras dos operaciones y un pacto de fe con el Sagrado Corazón de Jesús, el mal se desvaneció. Hoy, con 60 años a cuestas, ha completado su rezo número 28 en gratitud. Su labor como rezadora es un puente entre lo terrenal y lo divino, dirigiendo desde humildes levantamientos de espíritus hasta fastuosos novenarios para los adinerados de la zona.
La transgresión de «las locas» en los años 80
Este registro histórico recuperado nos devuelve a una época de contrastes crudos. En la década de los ochenta, mientras el país se desangraba, Mejicanos permitía un destello de libertad: la carroza gay. Xiomara, quien recuerda con orgullo cuando les llamaban «las locas», fue reina de las fiestas y pionera en organizar estos desfiles al cierre de las festividades de la Virgen de la Asunción. Su identidad, vivida sin ambages, se entrelaza con su rol sagrado, demostrando que la fe en El Salvador no conoce de exclusiones.
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Asistir a un rezo dirigido por esta rezadora es presenciar un fragmento de la identidad salvadoreña que se desvanece. Antaño, estos eventos eran funciones totales: se repartía licor, se fumaba sin descanso y se comían tamales mientras el rosario marcaba el compás de una fiesta que terminaba en baile al amanecer. Esta fotografía no es solo una imagen; es un testimonio invaluable de la última frontera de una tradición oral y religiosa que Xiomara sostiene sobre sus hombros.
Poseer esta captura de Francisco Campos es salvaguardar la memoria de un El Salvador que ya no se repite, una pieza de colección que dignifica la figura de la rezadora y su impacto en la cultura popular.
