Etiqueta: El Salvador

  • SOLAS EN LA PANDEMIA: El olvido de las trabajadoras del sexo

    SOLAS EN LA PANDEMIA: El olvido de las trabajadoras del sexo

    Si un grupo quedó relegado y sin asistencia durante la pandemia de COVID-19, fue, sin duda, el de las trabajadoras del sexo. Este sector, estigmatizado y rechazado por la sociedad en condiciones normales, sufrió en silencio los efectos de la cuarentena: el cierre total de sus fuentes de ingresos y la ausencia de ayuda estatal o de víveres que sí llegaron a otros sectores.

    Durante el confinamiento, las «rejas» de la calle Castillo, la calle Celis y la 18.ª avenida norte —puntos neurálgicos del comercio sexual en San Salvador— permanecieron cerradas. Negocios populares como «La Casa Rosada», «El Calzoncito» o «Las Láminas Verdes» clausuraron sus puertas. Del mismo modo, exclusivas barras show como «Lips», «Luxor», «Pandora», «Tío Sam» y «Galaxy» cesaron operaciones, dejando a miles de mujeres sin sustento económico. Ante el miedo al contagio, muchas de quienes trabajan en las calles se recluyeron, y decenas de salas de belleza que ofrecen servicios sexuales también se autoclausuraron.

    Una luz de solidaridad

    En medio del vacío institucional, solo dos organizaciones alzaron la voz: la Asociación Liquidámbar y el Movimiento de Mujeres Orquídeas del Mar. «Somos mujeres valientes y solidarias; hemos gestionado ayuda para nuestras compañeras», afirmaba una vocera de Orquídeas del Mar. Esta organización logró entregar bolsas de alimentos a cerca de mil mujeres; sin embargo, la cifra es alarmante: en El Salvador se registran 44,972 trabajadoras del sexo, lo que significa que la ayuda apenas alcanzó a cubrir a un pequeño porcentaje.

    Entre el condón, la mascarilla y el estrés

    Al finalizar la cuarentena obligatoria, el retorno fue amargo. «Alexia» (nombre de combate) relata que los clientes se sentían incómodos ante los protocolos de bioseguridad. Ella exigía el uso de condón y mascarilla, limitando los besos y las caricias tradicionales. «Muchos clientes estaban nerviosos o temerosos; el estrés les impedía llegar al ‘final feliz’», comenta.

    El trabajo sexual representa, quizás, el mayor riesgo sanitario: mientras el mundo exigía distanciamiento, este oficio demanda un contacto cuerpo a cuerpo. «Da miedo», confiesa Alexia, «no sabes si estás con un asintomático, y para sacar el día hay que estar con cuatro o cinco hombres diferentes».

    Derechos Humanos: Una deuda pendiente

    Cada 10 de diciembre, las Naciones Unidas celebran el Día Internacional de los Derechos Humanos, enfatizando la erradicación de la discriminación y el impulso a la solidaridad. Mientras no se reconozcan plenamente los derechos de las trabajadoras del sexo y se les garantice protección en tiempos de crisis, el avance en materia de derechos humanos seguirá estando incompleto.

  • VIDEO. Escena del crimen salvadoreña

    VIDEO. Escena del crimen salvadoreña

    La documentación fotográfica de las escenas del crimen en El Salvador entre los años 2010 y 2020 registra una serie de objetos personales y herramientas que permiten reconstruir el perfil de las víctimas y la dinámica de la violencia. Durante esta década, el trabajo periodístico de sucesos se centró en captar elementos periféricos que, en conjunto, forman un expediente visual de la guerra de pandillas y el crimen organizado.

    Indumentaria y perfiles de las víctimas

    El inventario visual de estos sitios incluye calzado y vestimenta técnica o civil. Se han documentado desde zapatos de gala pertenecientes a una agente policial desaparecida y calzado deportivo de estudiantes universitarios, hasta botas de hule utilizadas por trabajadores agrícolas en zonas rurales.

    Otros elementos registrados incluyen piezas de vestuario con carga simbólica o situacional:

    • Un vestido de novia de una mujer asesinada días antes de su enlace matrimonial.
    • El delantal de una comerciante atacada en un sector de mercado.
    • Objetos de carácter religioso, como rosarios localizados junto a cuerpos de miembros de estructuras criminales.

    Herramientas y elementos del entorno

    En el perímetro de los hechos, es común el hallazgo de instrumentos de trabajo pertenecientes a obreros interceptados en la vía pública. Asimismo, la documentación integra la presencia de fauna urbana, como perros callejeros que circulan en el área antes del acordonamiento policial. Las manchas de fluidos hemáticos sobre superficies de asfalto o adoquín constituyen el registro físico del impacto de la violencia en la infraestructura urbana.

    Evidencia balística y métodos de ejecución

    La crónica documental de Francisco Campos detalla la presencia de casquillos de diversos calibres, impactos de proyectil en estructuras fijas y las armas utilizadas en los ataques. Además de armas de fuego, el registro evidencia el uso de objetos contundentes, como piedras o ladrillos, empleados para incrementar el daño físico.

    En casos de abandono de cuerpos en carreteras, se ha documentado el uso de maletas o bolsas plásticas para el traslado de los restos.

    El contexto económico del sepelio

    Un elemento recurrente en las escenas de homicidios en sectores populares es la presencia de recipientes plásticos («cumbos de leche») o cajas de cartón. Estos objetos son colocados por familiares o vecinos inmediatamente después del hecho para recolectar fondos económicos destinados a cubrir los gastos funerarios de la víctima.

    Metodología narrativa en el periodismo de sucesos

    La edición de estas imágenes responde a una técnica informativa que prioriza el detalle sobre la exposición directa de cadáveres o heridas. Este enfoque permite narrar los hechos y antecedentes del crimen a través del contexto material, una práctica común tanto en la prensa de registro como en medios de corte popular.

  • VIDEO. El amor en los tiempos del COVID-19

    VIDEO. El amor en los tiempos del COVID-19

    Aunque el COVID-19 impuso mascarillas, toques de queda, cercos sanitarios y la distancia de dos metros entre los cuerpos, no pudo imponer distancia entre los corazones. En El Salvador, como en tantos rincones del mundo, el miedo se volvió rutina: alcohol gel en los bolsillos, termómetros en las entradas de los mercados, sillas vacías en las iglesias. Pero ni los hospitales llenos ni las calles silenciosas lograron apagar esa terquedad antigua que mueve a la gente a buscarse las manos. El amor, al final, siguió siendo más contagioso.

    La historia humana ya conoce este pulso entre enfermedad y afecto. Desde las tragedias románticas que escribió Alexandre Dumas hijo en La dama de las camelias, donde la tuberculosis separa a Margarita de Armando, hasta la idealizada Beatriz que inspiró a Dante Alighieri en Divina Comedia, las pestes han intentado interrumpir las historias de amor. A veces lo logran. A veces no. Y otras, como ocurrió aquí, solo las transforman.

    Durante los meses más duros de la pandemia, San Salvador parecía una ciudad prestada. Las ventas cerradas, los buses a medio llenar, el eco de las sirenas atravesando la noche. Sin embargo, en medio de esa quietud forzada, aparecían pequeños actos de rebeldía afectiva.

    En la colonia Zacamil, por ejemplo, Marta y Eliseo aprendieron a enamorarse otra vez desde la ventana. Él vivía en la casa de enfrente. Antes del virus, se encontraban en la tienda o en la parada del microbús. Después, cada quien quedó confinado con su familia. Entonces inventaron un ritual: a las siete de la noche, cuando el barrio se quedaba en silencio, él encendía la luz del corredor tres veces. Ella respondía agitando un pañuelo blanco desde el segundo piso. No podían abrazarse, pero hablaban por teléfono durante horas, como adolescentes, contándose lo mismo de siempre: qué habían comido, a quién le dio fiebre, qué soñaron anoche. “Si sobrevivimos a esto, nos casamos”, se prometieron. El virus los mantuvo separados seis meses; la promesa los mantuvo juntos.

    En el centro histórico, don Roberto, de 68 años, vendía flores antes de la pandemia. Cuando cerraron el mercado, pensó que todo estaba perdido. “¿Quién va a comprar rosas si la gente tiene miedo de tocarse?”, decía. Pero el 14 de febrero volvió con un manojo pequeño. No vendió mucho, pero vio algo que no esperaba: parejas que se encontraban con mascarilla, se miraban como si acabaran de salir de un naufragio y, aun con el riesgo, se regalaban un abrazo largo, apretado, casi desesperado. “La gente no compra flores por adorno —me dijo—. Compra para decir ‘aquí sigo con vos’”.

    También estaban los amores que resistieron desde la distancia obligada: videollamadas torpes, cumpleaños cantados por altavoz, cartas deslizadas bajo las puertas. Un joven médico del Rosales dormía en el garaje de su casa para no contagiar a su esposa embarazada. Cada noche le dejaba notas escritas a mano: “Un día menos”. “Te extraño”. “Gracias por esperarme”. Cuando nació su hija, la vio primero por una pantalla. Lloró igual que si la tuviera en brazos. El amor, aprendió, también sabe viajar por cables y señales.

    Había miedo, claro. Nadie puede romantizar la enfermedad ni el duelo. Muchas historias quedaron inconclusas. Pero incluso en los hospitales, detrás de las caretas plásticas, las enfermeras sostenían teléfonos para que los pacientes se despidieran o se declararan amor una última vez. En esos segundos temblorosos cabía toda una vida. El virus aislaba cuerpos; los sentimientos encontraban rendijas.

    Quizá por eso, cuando las restricciones empezaron a relajarse, las plazas volvieron a llenarse con una prisa distinta. Como si la gente quisiera recuperar los besos aplazados, los aniversarios postergados, las manos que no pudo tocar. En los parques del Gran San Salvador, las parejas se sentaban muy juntas, demasiado juntas para cualquier manual sanitario. No era descuido: era necesidad. Después de haber sentido tan cerca la muerte, el cariño se volvió urgente.

    Porque eso dejó claro la pandemia: que el amor no es un lujo ni una costumbre cursi, sino una forma de resistencia. Una defensa íntima contra el miedo. Una manera de decirle al mundo que seguimos aquí.

    El COVID-19 cerró fronteras, vació avenidas y llenó hospitales. Pero no pudo clausurar los abrazos ni prohibir las promesas. En El Salvador, entre mascarillas y gel, el amor siguió respirando. Y, tercamente, siguió venciendo.

  • VIDEO.  El Salvador, marcado por una década trágica

    VIDEO. El Salvador, marcado por una década trágica

    Durante la década comprendida entre 2010 y 2020, El Salvador registró un periodo de alta incidencia delictiva derivado del conflicto entre pandillas. Este fenómeno de violencia sistémica afectó directamente a la población civil, dejando a miles de personas atrapadas en contextos de confrontación armada y control territorial. En múltiples casos, las víctimas no tenían vínculos directos con las estructuras criminales en pugna.

    Impacto en el entorno familiar

    El fenómeno se caracterizó por la desarticulación de núcleos familiares. Padres, madres y hermanos enfrentaron la pérdida de familiares en eventos de violencia súbita. El registro documental de estos hechos evidencia de forma recurrente las mismas dinámicas en las escenas del crimen: la llegada de parientes tras la confirmación del deceso, el desbordamiento emocional y los intentos por traspasar los perímetros de seguridad establecidos por la Policía Nacional Civil (PNC) para tener un último contacto con los cuerpos.

    Dinámicas en las escenas del crimen

    Las imágenes captadas en este periodo documentan patrones de comportamiento específicos entre los sobrevivientes. Ante la custodia policial de la escena, los familiares buscaban recuperar objetos personales de los fallecidos —como calzado o prendas de vestir— antes de que los cuerpos fueran trasladados por el Instituto de Medicina Legal (IML). Estos elementos funcionaban como el último vínculo físico tras la recolección de evidencias.

    Estadística y contexto histórico

    Las cifras oficiales y estimaciones sobre este periodo sitúan el saldo de la violencia homicida en aproximadamente 115,000 fallecidos durante las últimas décadas. Esta cifra representa un indicador del impacto demográfico y social que la criminalidad organizada ejerció sobre el país.

    Ejercicio de memoria histórica

    En el contexto actual, donde los índices de criminalidad han mostrado una reducción estadística respecto a la década anterior, el resguardo de este material visual cumple una función de archivo. La recopilación de estos hechos sirve como registro técnico y testimonial de la historia reciente salvadoreña, con el objetivo de documentar las consecuencias del conflicto social para evitar su repetición.

  • MUJERES salvadoreñas de PLAN y LADERA (1980-2024)

    MUJERES salvadoreñas de PLAN y LADERA (1980-2024)

    El aire en el campo salvadoreño siempre ha olido a leña húmeda, a tierra removida por el azadón y al aroma dulzón del maíz tierno. En los senderos de polvo blanco del plan y en las pendientes escarpadas de la ladera, el eco de la vida no lo marcan los relojes, sino el golpe seco del hacha y el rítmico palmear de las tortillas al amanecer. Aquí, el silencio del monte solo se interrumpe por el cacareo de las aves de corral y el murmullo de las muchachas que bajan al río, cargando el agua y la esperanza sobre sus hombros curtidos por el sol.

    La fuerza silenciosa de la tierra

    La mujer rural en El Salvador no solo habita el paisaje; lo construye. Desde las décadas más crudas del conflicto hasta la actualidad, ellas han sido el pilar de una supervivencia que parece milagrosa. Son mujeres «de plan y ladera», un término popular que define a quienes están curtidas para el trabajo fuerte, sin miedos ni treguas. Mientras los hombres a menudo faltaban por la guerra o la migración, ellas se quedaron criando ganado, educando a los hijos entre los surcos y arrancándole el sustento a una tierra que a veces se muestra esquiva.

    Mujeres: Cotidianidad y supervivencia

    En el archivo de Francisco Campos, la cámara deja de ser un objeto técnico para convertirse en un confidente. Captura la esencia de la mujer de hogar que, además de las tareas domésticas, asume el rol de protectora de la seguridad alimentaria. No hay descanso en la montaña: cocinar, buscar la leña y enfrentarse a la pobreza con la dignidad intacta son actos de resistencia diaria. Este registro nos muestra a la campesina con su delantal de encajes, pero también a la trabajadora que se ensucia las manos para que el hambre no entre por la puerta.

    Esta es una pieza documental única, un testimonio invaluable de aquellas que la historia oficial suele olvidar. El ojo de Campos ha logrado rescatar este registro histórico recuperado, elevando la figura de la mujer rural a la categoría de heroína anónima del desarrollo agrícola nacional. Poseer una de estas impresiones de colección es resguardar un fragmento de la identidad más pura de nuestro pueblo.


    Francisco Campos y la fotografía de los Acuerdos de Paz

    Este video es relevante presenta una entrevista directa con el autor, Francisco Campos, donde explica su trayectoria documentando la realidad social y los momentos históricos más profundos de El Salvador.

    [Not a valid template]
error: Gracias por respetar el arte de Francisco Campos